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Movilidad del siglo XXI con reglas del siglo XX: es hora de revolucionar el autobús | Clima y Medio Ambiente


El autobús de larga distancia en España es un caso de estudio en inmovilidad. Precios altos, menos usuarios cada año y un modelo concesional que apenas ha cambiado en décadas. Mientras otros sectores han evolucionado con la competencia y la tecnología, el autobús sigue atrapado en una estructura que limita la oferta y encarece el servicio. El proyecto de Ley de Movilidad Sostenible —en tramitación en el Congreso— deja la puerta abierta a la desregulación del transporte en autobús.

No es casualidad que en España tengamos los precios de autobús más caros de Europa sin contar ayudas públicas. Desde 2009, la cifra de pasajeros ha caído de 45,6 millones a 28,5 en 2023. Y el número de empresas operando se ha reducido a la mitad desde el inicio del siglo. Un sector clave para la movilidad y la conectividad del país está perdiendo fuerza mientras miles de empresas con capacidad para operar rutas de larga distancia tienen prohibido hacerlo.

El Gobierno ya ha dejado claro que no planea abrir el mercado, pero eso no significa que no existan soluciones para mejorar el sistema sin colisionar con el modelo concesional. Si la petición de más apertura en el sector del autobús es una constante en documentos fundamentales como el Informe Draghi o el Informe Letta se debe, precisamente, a que en todos los mercados donde hay competencia se ha visto un incremento de frecuencias, conexiones, usuarios y número de empresas. Y si en países como Francia, Alemania, Portugal o Italia la liberalización ha traído más frecuencias, más conexiones y precios competitivos, ¿por qué aquí seguimos resistiéndonos al cambio?

Desde la plataforma Viaja Más en Autobús creemos que la solución más eficaz sería hacer lo mismo que en otros modos de transporte, como el ferroviario o la aviación, o en otros sectores como las telecomunicaciones. Es decir, mantener servicios comerciales en competencia en las líneas más demandadas, provocando precios mucho más bajos, y garantizar que las subvenciones públicas se destinan a apoyar las zonas rurales utilizando diferentes modos y tecnologías, con financiación real del Estado y de las comunidades autónomas. Estamos convencidos de que un entorno más abierto generaría más empleo y más competencia para hacerse con los mejores conductores, lo que a su vez llevaría a mejores salarios y seguridad laboral.

En nuestra opinión, existen tres medidas clave que podrían transformar el sector sin romper el esquema actual:

  1. Aplicar el Reglamento Europeo 1073/09 sobre cabotaje. Europa ya permite que las líneas internacionales realicen trayectos domésticos, pero España sigue sin aprovecharlo. Incorporarlo a la Ley de Movilidad Sostenible significaría una mayor ocupación de autobuses que ya están circulando, mejorando la eficiencia y reduciendo el impacto medioambiental. Además, facilitaría conexiones transversales, rompiendo con el actual modelo radial que deja zonas aisladas.
  2. Permitir la venta de plazas en autobuses discrecionales. Si los coches compartidos han revolucionado la movilidad, ¿por qué las empresas de autobuses no pueden hacer lo mismo? Hoy día, tecnologías como el big data y la inteligencia artificial permiten una gestión de plazas mucho más eficiente. Aplicarlas al sector del autobús discrecional generaría nuevas opciones de transporte sin interferir en las concesiones actuales.
  3. Aprobar el artículo 50 de la Ley de Movilidad Sostenible. No se trata de abrir el mercado de par en par, sino de habilitar nuevos servicios donde ahora no los hay. Si una zona no está cubierta por el mapa concesional, ¿por qué impedir que empresas privadas ofrezcan soluciones a riesgo y ventura? Bajo regulaciones claras y garantizando derechos laborales, esta medida podría conectar territorios hoy olvidados.

No aprovechar todas las posibilidades que ofrece el autobús es un sinsentido. Se trata de un medio de transporte sostenible, económico y fundamental para la movilidad de quienes no tienen otras opciones. Ha llegado el momento de cambiar las reglas del juego y modernizar el sector. Si de verdad queremos una movilidad del siglo XXI, necesitamos soluciones que miren hacia el futuro, no al pasado.

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