
En el entorno de Andrés Manuel López Obrador no se registra demasiado optimismo por el hecho de que Claudia Sheinbaum haya logrado eludir un choque frontal con Estados Unidos en materia comercial. De hecho, hoy jueves no hay mensajes de aval a la presidenta por parte del obradorismo duro donde, en realidad, se esperaba una situación inversa: que Donald Trump castigara a México y que esa fuera la base para señalar el excesivo colaboracionismo de Sheinbaum hacia Washington.
El punto crítico, según cuentan senadores, gobernadores y diputados que hablan con López Obrador, es el de las deportaciones de narcos hacia Estados Unidos por fuera de los procedimientos jurídicos de la ley mexicana.
Creen que avalar esos traslados es homologar una situación que fue muy denunciada por el expresidente: el secuestro de Ismael «Mayo» Zambada orquestado por el FBI y que contó con la participación ineludible de un piloto estadounidense.
En Palacio rebaten esa postura sin demasiados preámbulos: alegan que quien fusiló al estado de derecho fue López Obrador con su reforma judicial que nunca dio certidumbre a Estados Unidos y que por eso es preciso avanzar en las deportaciones. Estiman que en breve serán trasladados otros 20 capos.
Un cálculo malicioso que circula cerca de Sheinbaum: que en realidad López Obrador no está preocupado pero el imperio de la ley mexicana sino por las historias que pueda contar Rafael Caro Quintero sobre asuntos de financiamiento electoral.
En el obradorismo duro no solo generan malestar los acuerdos sobre cooperación en materia de seguridad, aduanas, migración y la inminente llegada de la aplicación de los datos biométricos. El problema son los interpretes de esta música: Omar García Harfuch, Marcelo Ebrard y, en un discreto segundo plano, el jefe de oficina Lázaro Cárdenas Batel.
El secretario de Seguridad busca contener su relación con López Obrador pero los otros dos nunca cicatrizaron sus conflictos del sexenio pasado con el tabasqueño. De hecho, la armonía con García Harfuch explica la fuerte escolta de seguridad que retiene López Obrador así como también la instalación en Palenque, días atrás, de un teléfono rojo.
Más allá de las anécdotas, otro detalle que es central: los ideólogos más radicales del obradorismo no creen en el TMEC, basta con leer las columnas de opinión que se han publicado a lo largo de esta semana en el matutino La Jornada.