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Afrenta al derecho internacional | Opinión


La visita esta semana de Benjamín Netanyahu a Hungría —donde fue recibido con todos los honores y con un despliegue de protocolo pocas veces visto— solo puede leerse como una afrenta al derecho internacional y una muestra más del desprecio de Viktor Orbán hacia los valores de la Unión Europea. La más que cálida acogida a un primer ministro investigado en el Tribunal Penal Internacional (TPI) por crímenes de guerra en la Franja de Gaza pone en evidencia la deriva del mandatario húngaro. Orbán ha decidido sacar a Hungría del TPI en vez de cumplir con su obligación de no invitar al político israelí o de detenerlo en el momento en que pisó suelo europeo, tal y como le obligaba a hacer el Estatuto de Roma.

No es posible obviar que el TPI estudia la responsabilidad de Netanyahu en el castigo colectivo contra la población civil palestina de la Franja de Gaza desde el criminal ataque terrorista de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, un castigo que ha incluido bombardeos indiscriminados sobre áreas densamente pobladas, el uso deliberado del hambre como arma de guerra y la imposición de bloqueos que impiden el acceso a medicinas, agua y alimentos. Lejos de condenar estos actos, Orbán ha optado por recibir al primer ministro israelí como si de un aliado estratégico se tratase.

El apoyo de Orbán a Netanyahu va, pues, más allá de lo simbólico. Su desprecio por el sistema de justicia debilita la posición común de la UE, que aboga por una solución a la guerra en Gaza basada en el respeto al derecho internacional y los derechos humanos. Mientras la mayoría de los países europeos mantienen —pese a la división respecto a las sanciones a Israel— una postura crítica frente a la devastadora campaña militar israelí que ha causado más de 50.000 muertos, Hungría se coloca frontalmente en contra de la comunidad democrática a la que pertenece.

Para colmo del sarcasmo, Netanyahu ha pisado territorio de la UE mientras el Ejército que comanda ejecutaba implacable la estrategia de dividir Gaza mediante corredores militares infranqueables, consolidando así un control territorial que tiene más que ver con una ocupación permanente que con una supuesta operación defensiva. La Franja ha sido dividida en tres sectores: uno al norte, reducido prácticamente a escombros; otro en el centro, convertido en una zona de desplazados; y otro al sur, en torno a Rafah, donde cientos de miles de civiles palestinos se hacinan sin acceso a agua, alimentos ni refugio seguro. Se trata de una partición injustificable que ni siquiera ha significado el fin de los bombardeos, como demuestran los 27 fallecidos el miércoles en el ataque a una escuela gestionada por la ONU.

La visita de Netanyahu a Hungría no es un gesto diplomático habitual ni una visita protocolaria más. Se trata de una ostentosa declaración de impunidad. No hay alto el fuego en Gaza e Israel prosigue su plan sistemático para la Franja, que ha traído muerte y destrucción a una escala no vista en décadas. Pero este viaje también constituye una advertencia a los países de la UE sobre el rumbo autoritario que están tomando algunos Estados miembros. Frente a esto, es urgente que la UE recupere una voz firme y coherente, y que deje de tolerar la complicidad de gobiernos como el de Orbán en crímenes que la historia no olvidará.

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